En las últimas horas de su vida, Joaquín Rodrigo recibe la visita de un ángel que le ofrece un regalo imposible: regresar a cualquier momento de su pasado y recuperar la vista durante un día. ¿Qué instante elegiría alguien que aprendió a mirar el mundo a través de la música?
La última luz de Rodrigo
Este cuento nace desde la admiración y el respeto por la vida y obra del maestro Joaquín Rodrigo. Está inspirado en el epitafio grabado en su panteón:
«Mi vaso es pequeño, pero bebo en mi vaso».
Este relato puede leerse acompañado del adagio del Concierto de Aranjuez.

Horas antes de morir, un ángel se le apareció al maestro Joaquín Rodrigo. Era el seis de julio de 1999, y el calor que emanaba de aquella presencia se confundía con el verano madrileño. Sin embargo, Rodrigo tardó poco en notarla: un hormigueo en las yemas de sus dedos lo sobresaltó levemente. Era una sensación familiar, parecida a la que tantas veces había experimentado al componer su música.
Aquella suave caricia ascendió por sus manos, por sus brazos… Recorrió su garganta y se alojó en sus oídos:
—Buenos días, querido Rodrigo —susurró el ángel con voz relajada.
A pesar de lo extraño del suceso, el maestro no dudó. Ciego desde los tres años, y habituado a estudiar cada matiz sonoro, enseguida percibió que la voz no provenía del exterior, sino del mismo lugar del que habían nacido sus obras.
—Buenos días —respondió sin alterarse—. ¿Quién me habla?
—Mi nombre es Seraf, y soy un ángel. Tu ángel.
—Entiendo. ¿Ya me toca partir?
La templanza de su voz, rasgada por la vejez, pero aún dulce, conmovió a Seraf.
—Todavía no —dijo, incómodo.
Con esfuerzo y algo de recelo, Rodrigo se incorporó en la cama. Luego, se ajustó sus enormes gafas de sol.
—Entonces, usted dirá. ¿A qué debo el honor?
El ángel hizo una pausa. Al sentirse el centro de atención, se ruborizó, y el maestro percibió una sutil presión en los tímpanos que agudizó su oído. Por un momento, distinguió las conversaciones de los viandantes del barrio de Tetuán, cuatro pisos más abajo. A sus 97 años, sonrió al reconocerse, de nuevo, escuchando como cuando tenía veinte.
—Sepa que le admiro, señor —dijo por fin Seraf—, y que le sigo desde hace mucho.
—¿Desde el Concierto de Aranjuez? —bromeó el maestro, mientras esbozaba una sonrisa de labios apretados.
—¡En absoluto! Sus obras anteriores y posteriores no tienen nada que envidiarle a su mayor éxito. Las conozco todas y son excelentes.
Seraf hablaba con nerviosismo, y Rodrigo se llevó la mano al corazón, como solía hacer al terminar sus conciertos. Aquel gesto de gratitud templó los ánimos del ángel, que se recompuso antes de hablar:
—Maestro, yo he venido a su encuentro para ofrecerle un regalo. Algo que, tras acompañarlo durante décadas, creo que puede considerar de alto valor.
—Tiene usted toda mi atención, Seraf.
Con la elegancia de una onda de agua, el ángel se deslizó desde los oídos de Rodrigo hasta sus córneas marchitas. Allí, dedicó un instante a observar lo que percibían los ojos del maestro; un tímido haz de luz tan fino como la barra que separa los compases de una partitura. Esta vez fue el anciano quien sintió rubor. Sus fuerzas flaquearon y se reclinó de nuevo en la cama, aunque no dijo nada.
—Me gustaría invitarle a revivir un día de su vida —dijo Seraf, entusiasmado—, pero con una gran diferencia. Podrá verlo todo.
Rodrigo sufrió un escalofrío. A tientas, halló el vaso de agua que descansaba sobre su mesita y bebió parte de su contenido, dando sorbos irregulares.
—Ah, ¡y lo más importante de todo! —continuó Seraf, tan ilusionado como ajeno a los nervios del compositor—. Será usted quien elegirá la fecha. Va a ser un placer volver a acompañarlo en cualquier momento de su vida.
1908. Sagunto, y el sabor de las naranjas. Sus llantos previos a los exámenes de armonía. El tranquilizador perfume de su madre.
1928. La primera vez que Victoria lo acompañó al piano en París.
Victoria. El regalo del ángel parecía vibrar con ella. Al notar que el maestro meditaba la propuesta, Seraf se deslizó hasta su garganta y le hizo cosquillas para forzar una contestación.
—¿Y bien? ¿Qué día será?
Tumbado en la cama, el anciano suspiró. La insistencia del ángel lo había distraído de sus recuerdos, y sus oídos se llenaron de halagos y vítores.
1940, el estreno del Concierto de Aranjuez. 1991, un diálogo con el Rey de España.
Rodrigo sacudió la cabeza y apartó de su memoria aquellos sucesos. «Nunca compuse para complacer». Así, Cecilia apareció en su mente y logró relajarse. Qué maravilloso día el que descubrió sus facciones al acariciarle el rostro en 1941. Cómo reía la bebé al sentir las cosquillas de su padre. Y su madre, Victoria…
Qué bien sonaba su voz cuando entonaba melodías sefardíes. Cuántas de sus obras transcribió para él, llevándolas del braille al pentagrama.
Una lágrima humedeció el seco rostro de Rodrigo, que meditó con tristeza: «¿Y si hubiera podido ver las partituras por mí mismo? ¿Y si hubiera podido escribirlas para liberarla de aquella carga?». Ahora podía hacerlo por un día, y permitir que ella descansara… aunque solo fuera en su memoria.
El anciano parecía decidido a honrar a su mujer, pero se había acercado a la región más sombría de su ser, y un enjambre de nuevos recuerdos lo asaltó.
Gestos impacientes. Arrebatos cuando su música no se interpretaba como él quería. Ataques a las manos ajenas que versionaban sus obras sin su consentimiento.
Culpa. Dudas. Una presión en las sienes. ¿Había confundido el amor por su obra con la necesidad de controlarla? ¿Y si recobraba la vista para conectar con aquellas personas a las que pudo agraviar durante su vida? ¿Qué sentiría si las mirara directamente a los ojos?
Gotas de sudor poblaron la frente del maestro y Seraf, compasivo, se deslizó desde la garganta hasta el cerebro de Rodrigo.
—Veo que se plantea diferentes caminos. Todos intensos y valiosos.
El maestro asintió, se limpió el sudor y volvió a incorporarse. Esta vez, con firmeza.
—Así es.
—¿Y por cuál se decidirá?
—Hmmm…
Rodrigo cerró los ojos unos segundos, como si escuchara algo muy lejano. Una última melodía. Una certeza.
—Me temo, Seraf, que la respuesta no se halla en mi mente —anunció, animado. Había recuperado su sonrisa de labios apretados, y el ángel sintió curiosidad.
—¿Entonces? Guíeme, se lo ruego.
El maestro bebió un sorbo de agua.
—Mi vaso es pequeño, pero bebo en mi vaso.
Después, hizo un brindis al aire y apuró su contenido de un trago. Seraf no comprendió de inmediato, pero algo en aquel gesto lo detuvo.
—Muchas gracias, Seraf —dijo Rodrigo, mientras se quitaba las gafas.
El ángel guardó silencio. Había esperado una fecha, un momento, una decisión concreta. Pero lo que había recibido era mayor. Algo que no cabía en un día, en una partitura ni en una caja de regalo.
El maestro reposó la cabeza sobre la almohada y quedó inmediatamente dormido. Seraf sonrió y, con reverencia, abandonó el cuerpo de Rodrigo.
FIN










