Un águila dorada viaja a Pekín desde su bosque natal. Allí se une a dos gatos que intentan festejar la "Hora de los Animales". Un relato conmovedor que explora la pérdida de la inocencia frente a la realidad de la vida urbana.

La hora de los animales
Había una vez un águila dorada que vivía en las afueras de Pekín. Al ser tan devota de su tierra, cuando llegaba el cambio de estación y tenía que migrar, ideaba mil excusas para demorarse. Pretextos que la habían distanciado del resto de sus compañeras, que desde hacía años habían dejado al águila por imposible.
Ese amor que profesaba por su bosque natal era superado únicamente por sus ansias de visitar Pekín. Solo con mirarla desde lejos, la ilusión hacía que todas sus plumas le picaran. ¡Qué ganas tenía de sobrevolar la gran ciudad! No obstante, y aunque su ansia era fuerte, sabía que nunca podría cumplir su sueño, ya que una muralla de humo negro separaba al águila de sus deseos. Ella conocía los peligros de cruzar el muro, pues muchos animales que intentaron hacerlo habían caído ahogados a mitad del trayecto.
De esta manera vivió durante años, imaginándose el interior de Pekín cada noche, hasta que llegó 2020 y ocurrió lo nunca visto. El humo de la ciudad se disipó y el águila no podía creerlo. ¡Tenía que aprovechar la oportunidad! Sin dudarlo un instante, saltó desde su nido y batió sus alas en dirección a la ciudad.
Tres minutos después, ya sobrevolaba las fábricas de las afueras de Pekín. Siguiendo las vías del tren, recorrió el humilde extrarradio hasta divisar los rascacielos del centro urbano. Todo estaba desierto.
—¿Hola? —graznó el águila con ilusión.
Nada ni nadie rompió el silencio. Desilusionada, prosiguió el vuelo y se dio cuenta de que, a través de las ventanas, podía ver a muchas familias confinadas en sus casas. «Qué raros estos humanos… ¿Por qué no salen de sus madrigueras?», se dijo.
—¡Águila! Baja aquí un momento.
El águila dirigió la vista hacia el asfalto. Desde la calle, dos gatos encapuchados la miraban, ataviados con sudaderas y mascarillas sanitarias.
—¿Quiénes sois? —inquirió el ave desde el cielo.
—Baja, no graznes tan alto —maulló el gato más grande.
Contrariada por el aspecto de los felinos, sumado al hecho de que ambos caminaban erguidos sobre las patas traseras, el águila pensó: «qué actitud tan poco digna del bosque. Si esto lo vieran mis amigos, los gatos de la montaña, se los comerían sin dudarlo». Sin embargo, no quiso mostrarse maleducada y aterrizó frente a ellos con un solemne aleteo.
—Hola, él es Feng y yo soy Fu —dijo el gato más pequeño—. ¿Cuál es tu nombre?
—Mmm… diría que no tengo —respondió el águila, contrariada—. Nunca he necesitado llamarme de ninguna manera.
—Ya… Tú eres del bosque, ¿cierto?
—Así es.
Feng se acercó al águila y contoneó su larga cola.
—Allí todo funciona distinto. ¿Qué te trae por aquí?
—Siempre había querido ver todas estas torres de cerca —dijo el águila, señalando los edificios a su alrededor—. Ahora ya sé que son las madrigueras de los humanos, así que volaré un poco más lejos para ver qué me encuentro.
Fu negó con la cabeza.
—¡No, no! Debes quedarte. ¡Estamos de fiesta!
Sorprendida, el águila miró al pequeño gato, cuyo pecho estaba hinchado por la emoción.
—¿Cómo? ¿De qué fiesta hablas?
—¿No te das cuenta? ¡Es la hora de los animales!
El águila miró a Feng con incredulidad y el gato asintió. Mientras, y con un movimiento ágil, Fu se encaramó al techo de uno de los coches aparcados.
—La ciudad es nuestra. ¡Por fin somos libres! ¡Libres!
Exaltado, el pequeño gato tosió roncamente, expulsando volutas de humo negro a través de la mascarilla.
—¿Te encuentras bien? —preguntó el ave, con una mezcla de preocupación y cautela.
—Tranquila, no tiene nada. Esto es normal en la ciudad —respondió Feng, a la vez que Fu se limpiaba la boca con la manga de la sudadera.
—Entonces, ¿qué, águila, te apuntas?
Ella dudó por un momento. No le gustaba la forma tan vulgar que usaban los gatos para comunicarse, aunque valoró que ellos debían de conocer Pekín a la perfección, y que unos guías podrían resultarle útiles en su aventura. Por tanto, aceptó y los tres emprendieron la marcha. Los gatos continuaban erguidos a dos patas y tosiendo a cada rato, pero el águila tardó poco en habituarse a aquellos ademanes.
Una hora más tarde, pasaron cerca de unos grandes almacenes, y el ave se fijó en que los maniquíes llevaban puestas unas sudaderas parecidas a las de Feng y Fu.
—Es increíble, águila, tú no sabes cómo están de normal estas calles. Imposible moverse por ellas. Las máquinas, la gente… ¡Siéntete afortunada! —maulló Fu, entusiasmado.
El comentario hizo que el ave entornara los ojos con indiferencia, aunque decidió no empañar la alegría del pequeño minino.
Al fondo de la calle se encontraron con un perro. Estaba sentado frente al portal de una finca, con los ojos clavados en la ventana del primer piso que tenía delante. Su blanco pelaje estaba sucio y le rondaban las moscas, dando claras señales de que había sido abandonado.
—¡Hey! ¡Ven con nosotros! —le gritó Feng desde lejos.
—¡Ha llegado la hora de los animales! —añadió Fu.
—Sí, sí. Ahora voy. Un momento —ladró el can sin perder la ventana de vista.
El gato mayor se detuvo para ver si el perro decidía sumarse a la comitiva, pero este no hizo ademán de moverse. Expectantes, el águila y Fu se pararon al lado de Feng.
—¿Te esperamos aquí? —preguntó el gato mayor con paciencia.
—Sí… o no. ¡Lo que queráis! Continuad y yo os alcanzaré.
El apagado tono del perro los conmovió, y Feng decidió acercársele.
—Vamos, compañero —le susurró con expresión tierna—. Disfrutemos de Pekín como nunca. Hagámosla nuestra, ahora que podemos. ¡Es tiempo de celebración!
El águila y Fu seguían mirando desde lejos, envueltos en una extraña aflicción. Pese a que Feng trataba de convencer al perro por todos los medios, este continuaba obsesionado con la ventana del primer piso de la finca.
—Amigo, sé cómo te sientes, pero es momento de pasar página. ¡Únete a nosotros y disfruta de la vida nueva!
Una mosca se posó en el sucio lagrimal del perro.
—Lo sé, lo sé. ¡Créeme que te entiendo! —contestó el can sin prestarle atención al molesto insecto que correteaba por su ojo—. Enseguida voy.
Feng no se fiaba mucho e insistió por última vez.
–¿Seguro?
Sin expresión alguna, el perro levantó una pata y le hizo gestos para que se marchara.
—Totalmente, ¡al cien por cien! Luego voy. Luego…
No había terminado de decir su frase cuando, en el edificio, la ventana del primer piso se abrió y una chispa de esperanza prendió el corazón del animal.
—¡Ama! ¡Sigo aquí! —ladró, moviendo la cola de lado a lado—. Soy Wangcai, tu perro fiel.
El animal no paraba de girar sobre sí mismo con alegría. Sin embargo, Feng retrocedió con cautela. El águila no entendía lo que estaba ocurriendo, pero notó cómo las plumas se le erizaban, en estado de alerta.
—Vamos, hace días que no paseamos, y seguro que te apetece ver lo rojas que están las flores de nuestro parque. ¡O no! Puede que solo quieras ver nuestro concurso favorito en la tele, está a punto de comenzar. Ábreme, ¡por favor!
Entonces, desde la ventana lanzaron una tromba de agua, que cayó sobre el perro mojándolo de arriba abajo. Wangcai no se esperaba lo ocurrido y, compungido, agachó la cabeza, aunque no se movió de su sitio. Los gatos y el águila lo miraron con pena, pues el perro empezó a tiritar. Un sentimiento de humillación compartida entre los cuatro animales ahogó el ambiente, pero Wangcai no parecía dispuesto a rendirse y levantó el rostro hacia la ventana de nuevo.
—Gracias, ama, ¡gracias! —dijo, tratando de ocultar su dolor—. Has espantado a las moscas que tanto me molestaban.
«¡Cuánto poder ejercen los humanos sobre estas criaturas!», pensó el águila, con tristeza.
Cabizbajo, Feng se giró hacia sus compañeros.
—En fin, vámonos.
—Y, ¿lo dejamos así? —preguntó Fu, con impotencia—. ¿No hacemos nada más?
—¿Se te ocurre algo? —sentenció Feng antes de dirigirse al águila—. Esto no pasa en el bosque, ¿verdad, compañera?
—No…
—Pues así es la vida en la gran ciudad.
—¡Un momento! —dijo Fu, señalando al águila—. En el cielo, ¡las aves! ¡Seguro que ellas pueden llevar nuestro mensaje allá donde sea necesario!
—Ya os hemos oído —piaron los pajarillos que había posados en un tendido eléctrico cercano—. ¿Qué es eso de la hora de los animales que tanto repetís?
Fu hizo una pausa, carraspeó y, como un político en campaña, dijo:
—¿No lo entendéis? Los humanos se han escondido en sus casas. ¡Ya no hay nadie que nos oprima! ¡Somos libres para vivir como queramos!
—Tan libres como ese chucho empapado. Lo acabamos de ver perfectamente.
Con ganas de atacar a los insolentes pajarillos, el águila apretó las garras contra el asfalto, pero Feng se dio cuenta y le dedicó una mirada tranquilizadora.
—Además, aquí arriba no hemos notado ese cambio del que habláis —observó una paloma.
—Bueno, eso tampoco es verdad —replicó otro de los pájaros dando pequeños saltitos sobre el tendido eléctrico—. Últimamente, hay muchísimo gasto de energía. Los cables hacen más cosquillas que nunca.
—Amigas, ¿y no os gusta el picorcillo? Si parece un masaje —zanjó la tórtola—. ¡Podría decirse que estamos mejor que antes! Vuestra hora de los animales no nos interesa. Largaos.
Al águila le temblaban todos los músculos del cuerpo. Jamás habría pensado que, en la ciudad, los animales fueran tan egoístas y crueles entre sí. Clavó su mirada en los pájaros y les deseó todo lo malo que pudo pensar en ese momento.
—¡Escuchadme! —graznó, airada—. Vais a ayudar a mis amigos o ¡subiré ahí arriba y os despedazaré!
—Oooh, cuidado, que el aguilucho nos amenaza —se burló un pajarillo de alas coloridas—. Dinos, ¿cómo nos vas a cazar? Volaremos cada uno en una dirección, y ¡jamás podrás encontrarnos! ¿Qué te parece?
En el tendido eléctrico, el resto de aves le rieron la gracia.
—Sí, sí. Además, ¡tú también vuelas! Si tanto te importa su causa, ¿por qué no llevas su mensaje tú misma?
El argumento impactó en el águila, que miró a Feng. El gato mayor le sonrió y negó con la cabeza.
—Pasa de su juego. No conoces la ciudad y te perderías enseguida… Está todo bien —le dijo el felino en voz baja, consiguiendo calmarla por un segundo.
—¿Qué estáis cuchicheando ahí abajo? ¡Hablad más alto!
La rabia volvió al águila con más intensidad y levantó la vista hacia los cables.
—No puedo más con vosotras… ¡ahora veréis! —graznó, abriendo sus alas con violencia.
Feng y Fu se apartaron asustados, pero, justo cuando el águila batió sus alas por primera vez, sonó un fuerte chispazo y las aves quedaron rígidas.
Alucinado, el Fu se acercó a su compañera.
—Has… ¿has sido tú?
Sin saber qué responder, el águila se miró las plumas con extrañeza. Luego, dirigió la vista hacia las aves, que continuaban clavadas en su posición, y se encogió de hombros.
—Eres… ¡eres mágica! —gritó Fu con alegría—. ¡Justo lo que necesitamos para nuestro equipo!
—No, Fu… Me temo que no ha sido ella —dijo Feng, sin dejar de observar el tendido eléctrico—. Esta no es más que otra muestra del poder de la ciudad.
Entonces, los pajarillos comenzaron a echar humo. Sus patas se soltaron del cable y todos cayeron en picado sobre el asfalto, electrocutados.
¡Crack, crack! Sonaba cada vez que sus cuerpecitos chocaban contra el cemento.
Indiferentes, el águila y los gatos continuaron su marcha.
—No entienden nada, tenemos tanto que celebrar… ¡Ha llegado nuestra hora y nadie quiere apoyarnos! —se lamentó Fu.
El águila estaba cansada de escuchar al gato pequeño, e hizo un alto en medio de una gran avenida con seis carriles.
—Compañeros, se está haciendo de noche, y tengo que volver al bosque.
—¿Ya te vas? ¡Si nos acabamos de conocer! —replicó Fu.
—Lo sé… Es que hace viento y no quiero que mi nido se caiga.
—Claro, es importante que protejas tu hogar. Deberías marcharte, pero quizás podemos quedar mañana y continuar con el paseo —propuso Feng.
—Mañana es un día complicado para mí —contestó el águila, evasiva.
Fu la miró con lágrimas en los ojos.
—No piensas volver, ¿verdad?
Incómoda, el ave intentó responder, aunque no tuvo tiempo, ya que el gato se hincó de rodillas frente a ella.
—Por favor, ¡quédate con nosotros! Hay que aprovechar el momento.
—Yo… lo siento… De verdad. He de irme ya —respondió el águila desplegando sus alas.
—Pues… ¡llévanos contigo! —suplicó Fu, mientras saltaba sobre el lomo del ave.
El águila fue más rápida y lo esquivó, aunque estaba comenzando a impacientarse.
—Allí no encajaríais, y ya he visto que no se me ha perdido nada por aquí. Solo hay que ver cómo vais vestidos…
—Águila, ¡tú no lo entiendes! Daríamos cualquier cosa por cambiarlo todo.
—Y para vosotros, ¿la solución pasa por copiar a los humanos? ¡Ni siquiera camináis a cuatro patas!
—¡Porque somos mejores que ellos! Nosotros podemos caminar y vestir a su manera, pero dime, ¿pueden hacer esto los humanos?
Fu empezó a dar saltos y volteretas. A su lado, Feng decidió intervenir con expresión muy seria.
—¡Para!
—¿Por qué? Es mi opinión, ¡la nuestra! ¡Tú me la enseñaste!
—Sí. Y acabo de entender que estamos equivocados. Águila, tienes razón. Hemos de aceptar lo que somos en realidad: gatos callejeros. La ciudad forma parte de nosotros, y nosotros, de ella.
Feng se quitó la mascarilla, la sudadera y se puso a cuatro patas. Su pelaje lucía una paleta de colores pardos imponentes, apagados por grandes manchas de barro. También se le veían cicatrices, fruto de una vida de pura supervivencia.
Esa fue la primera vez que el águila pensó que su compañero podía ser digno del bosque. Incluso, sintió deseos de levantarlo con sus garras y llevárselo con ella.
—¿Por qué haces eso? —maulló Fu—. ¡Vístete! Ahora tenemos la oportunidad de cambiar las cosas.
Feng se encogió de hombros.
—Sí, pero ¿hasta cuándo? Llegará un día en el que los humanos saldrán de sus casas, y tendremos que volver a nuestra vida anterior.
—¡No! —maulló Fu—. ¡Es la hora de los animales! Si los humanos salen de nuevo, ¡tendrán que vérselas con nosotros! ¡Vamos, papá!
—Lo siento.
El águila se sorprendió por el parentesco de los gatos y sintió lástima por ellos.
—Todo iba bien hasta que has aparecido, águila estúpida —le gritó Fu—. ¡No tenías que haber salido del bosque!
Las últimas palabras del pequeño gato se clavaron como agujas en los oídos del ave. Notó un profundo vacío en el pecho y se dio cuenta de que la ciudad, con su espiral de miedo, muerte y desidia, le había robado el entusiasmo que el bosque le inculcó hace tantos años. En silencio, dio la espalda a Feng y a Fu, levantó el vuelo y abandonó Pekín para siempre.
Desde entonces, fue la primera en migrar cada vez que llegaba el cambio de estación, y hasta se alegró cuando el humo negro volvió a rodear Pekín.
¡FIN!

Audiodescripción de las ilustraciones del cuento
Pista: un perro blanco de avanzada edad está sentado sobre sus patas traseras. Tiene el pelaje tan mojado que ha encharcado el suelo. Varias moscas vuelan sobre su cabeza.
Ilustración: en el centro de la imagen, el águila, Feng y Fu se encuentran en la calzada de una sucia calle de Pekín. Están solos y rodeados de restaurantes con rótulos en chino. El águila, situada a la izquierda de los gatos, tiene el semblante serio y mira al horizonte. Es más grande y corpulenta que ellos. Por su parte, Feng y Fu la observan fijamente. En cuanto a Fu, el gato pequeño ocupa el lugar central de la ilustración. Al igual que su padre, lleva puesta la mascarilla y la sudadera, y esconde las patas delanteras en los bolsillos de la prenda.
Antes de terminar, recuerda que el estilo visual de las pistas y las ilustraciones está descrito en este enlace.
Autor y © del proyecto y los textos: Miguel Ángel Font Bisier










